Viernes, 14 de Julio de 2017 | 5:34 pm

La vendedora de rosas existió en Medellín

La vendedora de rosas existió en Medellín

Tenía 14 años. Se levantaba de los cartones donde había pasado la noche viendo los dragones y demonios que salían de un frasco de sacol. Organizaba a los niños para que fueran a la 70 a esperar los borrachos que salían de Tibiri, el bar de salsa donde los sones de Ismael Miranda retumbaban en sus cabezas, y después robarlos. Si se resistían, los cosían a puñaladas.

Muchas veces Mónica Rodríguez pensó huirle a esa vida y refugiarse en el estudio, comer libro para después ser una enfermera. Pero la calle tenía poder y ella, como un pájaro nocturno, olía la boquilla del frasco y podía ver el mar y escuchar el dulce canto de las sirenas. No soportaba la realidad que la condenaba al desprecio de su madre. No aguantaba verse con los ojos hinchados de tanto llorar, con las rodillas peladas de vivir pidiéndole a Dios que le escuchara la única súplica que le pedía: que su mamá la pusiera sobre las rodillas, le peinara ese cabello largo y liso que ni siquiera las liendras más hambrientas habrían podido arruinar.

Cuando todos los caminos parecían cerrársele, cuando la rutina de romper los vidrios de los autos para sacar los pasacintas se convertía en cansancio, la descubrió el único cineasta colombiano que, hasta ese momento, en 1993, había llevado una película suya a Cannes: Víctor Gaviria.

Recién había recibido de su papá los dos tomos de Aguilar con los cuentos completos de Hans Christian Andersen como regalo de grado de bachiller del colegio Calasanz. Y fue en esas páginas en la que se encontró con el cuento que lo puso a soñar con una película: La vendedora de cerillas, la historia de una niña que moría de frío en navidad.

https://youtu.be/x5FN8PFqRiw?t=8m2s

Veinte años después el argumento estaba completo. Víctor trasladaba las frías calles de Copenhague a los violentos callejones de Medellín. Su empeño ahora estaba en encontrar una protagonista. Insistía en su fórmula de los actores naturales. Probó con cientos de niñas de la calle hasta que apareció Mónica. A la niña de 13 años le gustaba el cine. Con Lady Tabares, su amiga entrañable, se colaban en los teatros a ver Goodfellas y todas esas películas de gánsteres que tanto le gustaban. Víctor habló con Mónica y no lo dudó. Ella era la vendedora no de cerillas sino de rosas, como ocurría en su vida real. .

Estaba todo listo, pero faltaba la plata. El rodaje se pospuso dos años. Hasta que apareció Erwin Goggel con 35 millones de pesos para soportar los cuatro meses que duró la filmación. Entonces empezó el rodaje en plenas navidades de 1995. Pero el tiempo también había pasado para Mónica convertida ahora en una adolescente precoz que no encajaba con el papel trazado por Gaviria. Sin embargo su reemplazó estaba a la vuelta de la esquina: apareció Leidy, su amiga de calle, de aventuras, de miedos, de la vida. Ella se convirtió como por arte de magia en La vendedora de rosas. Mónica la acompaño en los primeros días de rodaje hasta que una bala la mató.

En el set quedó su ausencia. Los técnicos y actores naturales, sus compañeros de calle, oían su risa, sus frases inteligentes- Su vida se había convertido en La Vendedora de rosas, un clásico del cine colombiana y una telenovela que arrasa ratings.

Información tomada de lasorillas.co 

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